miércoles, 5 de marzo de 2008

La Madrid

Una de las ventajas de vivir en el centro de la ciudad es que aquí están las cosas más viejas. Eso, para un anciano de corazón, como yo, significa mucho. Me explico: digamos que se me antoja algo de comer y traigo un poco de dinero en el bolsillo. Sé que quiero algo rápido y tan práctico como una hamburguesa, pero sin lo repugnante. La solución, caminar dos cuadras, una esquina y media calle, y encontrarme en uno de los lugares que han humedecido los sueños de los amantes de la comida rápida por generaciones: La Pastelería Madrid, sitio que escapa a las categorías simplonas. Un icono de la saludable senectud que viven algunos negocios del centro histórico de la ciudad de México.
Vamos por partes. Desde afuera, la Pastelería parece... Pues eso, una pastelería y poco más. Claro, aquí no estoy hablando de una gourmet con tendencias europeas de vanguardia y demás enjuagues, sino de una del centro. Y repito, en esa categoría, la Madrid es eso y poco más, hasta que uno entra. Porque cuando lo hace, la magia florea aquí y allá, en merengues coloreados con pintura comestible. Piso, el original: rosa y blanco, con algunas –inevitables- restauraciones en linóleo que hace juego. Mobiliario de plástico y madera simulada, con la combinación de moda (en los 50): amarillo y café. Cartulinas aquí y allá indican precios, platillos especiales y pasteles sorpresa. Las señoritas atienden desde entallados trajecitos de terlenka salmón, estupendamente conservados por 27 años. 
El aire es una mezcla de merengue y fritanga. Buena señal porque a eso se vino, a comer. Es imposible perderse la barra de alimentos, y uno tiende a visitarla antes de darse la vuelta por los otros 200 metros cuadrados de harinas dulces y lechosas, que tiene la pastelería. Por cierto, el arrepentimiento no llega jamás, como sí pasa en las deleznables cadenas de comida rápida cuando la comida en nada se parece a la foto, más que en su desmesurado precio. En la Madrid ni siquiera hay fotografías de lo que se procederá a degustar, pues la comida está ahí, delante de uno, en espera de que digamos deme ese. 
Queda claro que la mejor comida rápida no es la congelada que pasa por un proceso de freído antes de llegar a una cajita de cartulina, sino la que ha sido preparada con tiempo y sin obviar los pasos del sazón. Así, la barra de la Madrid tiene sabrosas milanesas sobre camas de lechuga y jitomate; tortitas de atún con caldillo, papitas y chícharos; cuartos y medios pollos asados y rostizados, con papas fritas para complementar. Todo, previamente cocinado. Además, los precios son bajos sin llegar nunca al límite de la desconfianza. Y, por supuesto, hay higiene. ¿Quién podría volver a confiar en una hamburguesa preparada en lo oscurito, cuando ya ha tenido ante sí una carne asada a la tampiqueña cubierta de plástico transparente? Yo no. 
Ya he hablado lo suficiente de las ventajas que encuentro en un lugar como éste, pero si el lector pasó el párrafo anterior pensando en el futbol y su poesía, he aquí una síntesis: rapidez, bajo precio, taco de ojo, mucho gusto y buen sabor. Una añeja joya en el centro histórico. 
Por último, no ocultaré que la primera vez que entré a la Madrid, viví una especie de escepticismo: No es común encontrarse con un lugar de estos. Por eso, recomiendo dejar la mochila de prejuicios encargada con alguien y darse oportunidad de gozar y conocer algo viejo. Se supone que en algún momento debí decir cómo se llega a la Pastelería Madrid, entre qué calle y qué calle, el metro que queda más cerca, si hay estacionamiento y de a cómo, etcétera. Pero no lo haré. Es mejor buscarla, como el tesoro que es. 

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