miércoles, 26 de marzo de 2008

Más y más yo-yo

Todas las cosas que escribo llegan a lo mismo: Yo. Creo que eso me convierte en ególatra, hablar de mí en todas sus variantes: mi vida, mi futuro, mi pasado, mis gustos, mis opiniones, yo, yo, yo. Me pasa siempre. Incluso cuando escribo un guión y ninguno de los personajes es autobiográfico. En el fondo, todo acaba siendo una pintura de mí mismo. Me pregunto si eso mismo sienten todos los que escriben.

Por ejemplo, ahora mismo podría hablar del disco que estoy escuchando, Blonde Redhead, "23". Me lo pasó mi amigo N. Es un buen disco. Voz de mujer aguda y melodiosa, guitarroso, melancólico, profundo. Me hace pensar en un día nublado, pasto verde, está por llover, no hay nadie alrededor, no hay a donde ir, me quedo mirando la lluvia (que ya comenzó) y la leve capa de niebla que las gotas forman al estrellarse sobre el pasto. 

También, podría hablar del libro que he estado leyendo estos días, La Poética de Aristóteles. Sé que alguna vez me dejaron leerlo y no puse atención, no lo entendí o lo olvidé por completo, pues está resultando una verdadera revelación. Mi objetivo es estudiar el libro a conciencia, como parte de mis estudios sobre guionismo. Así que estoy desmenuzándolo página por página, haciendo anotaciones, anotando las partes clave, etcétera. Es un libro corto pero sustancioso y creo que volveré a él una y otra vez.

Lo mismo podría dar un salto temático y hablar de las plantas que tengo en casa. Una de ellas es un epazote y le acabo de comprar una maceta. Me tardé en hacerlo. Hace unas pocas semanas, cuando todavía vivía en una bolsa de plástico, noté que sus hojas comenzaron llenarse de agujeros. Supuse que le había caído alguna plaga, así que le eché agua directo de la llave, lo sequé y prometí comprarle una maceta digna, porque seguramente mi negligencia había contribuido a su malestar. Al otro día lo vi bastante normal. El cebollín, que compré el mismo día y en la misma tienda, ya tenía maceta y rebosaba lozanía. No pude evitar la comparación, me sentí mal por el epazote y reflexioné sobre lo injusto de la situación. Más tarde, tuve que salir. Cuando volví por la noche, noté que sobre una de sus hohas, descansaba un gusano de cuatro centímetros de largo, más o menos, y bastante gordo. Estaba comiéndoselo lentamente, al amparo de la oscuridad. Sin pensarlo mucho, abrí la ventana, coloqué la planta frente a mí, y le di al gusano un buen golpe de uña sobre el lomo. Lo vi volar unos cuantos metros hacia la oscuridad. El dedo me quedó lleno de un líquido transparente y un poco amarillo. Epazote ahora está bien, ya tiene casa y lo riego cada que paso por su lugar y siento que le hace falta.

Y luego, otro salto temático podría llevarme a hablar de la viejita que pide limosna en el metro cerca de mi casa. No sé cómo calificarla. Creo que es detestable, pero también me da lástima y me hace sentir mal pensar así de una anciana que pide limosna para vivir. No conozco su vida. Tal vez algún día se me antoje imaginarla. Por lo pronto, sólo me he limitado a verla y a caminar más aprisa cuando se acerca cojeando a pedir un peso por el amor de dios. Con el tiempo, se ha ido poniendo más y más amarilla, y he notado que cada vez hay que apretar menos el paso para evitarla. Hace poco pasé y la vi sentada, no de pié, como era costumbre. Un vendedor ambulante colocó sobre el piso su caja de dulces y se puso en cuclillas para verla a la cara. Llevó una mano a su barbilla y le levantó la cabeza para ver sus ojos grises y secos. Yo, incluso, me quedé mirándolos  un momento, con mis emociones golpeando a mis juicios en las partes blandas. Cómo ha estado, madre, decía el ambulante, y la vieja, con una voz débil, más débil de la que pedía un peso por el amor de dios, le contestaba que mal, mal, cada vez peor. Estoy enferma de, y reanudé el paso, no quise quedarme a sufrir una fractura sentimental. Aunque adivino que su frase concluyó en voy a morir o sólo estoy esperando que dios me llame a su lado o algo así. El asunto es que yo he vuelto al metro. Ella no.

Por último, podría hablar de mi nuevo trabajo o de los planes que tengo para un futuro no muy lejano. Pero ahora tengo que irme, así que hasta aquí lo dejo por hoy.

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Escribir y escribir. Escribe hasta secarte. Escribe ahora y después. Escribe aunque lo hagas mal. Escribe aunque lo que digas no valga la pena. Escribe aunque nadie te lea. Pero escribe. Escribe siempre.

miércoles, 5 de marzo de 2008

La Madrid

Una de las ventajas de vivir en el centro de la ciudad es que aquí están las cosas más viejas. Eso, para un anciano de corazón, como yo, significa mucho. Me explico: digamos que se me antoja algo de comer y traigo un poco de dinero en el bolsillo. Sé que quiero algo rápido y tan práctico como una hamburguesa, pero sin lo repugnante. La solución, caminar dos cuadras, una esquina y media calle, y encontrarme en uno de los lugares que han humedecido los sueños de los amantes de la comida rápida por generaciones: La Pastelería Madrid, sitio que escapa a las categorías simplonas. Un icono de la saludable senectud que viven algunos negocios del centro histórico de la ciudad de México.
Vamos por partes. Desde afuera, la Pastelería parece... Pues eso, una pastelería y poco más. Claro, aquí no estoy hablando de una gourmet con tendencias europeas de vanguardia y demás enjuagues, sino de una del centro. Y repito, en esa categoría, la Madrid es eso y poco más, hasta que uno entra. Porque cuando lo hace, la magia florea aquí y allá, en merengues coloreados con pintura comestible. Piso, el original: rosa y blanco, con algunas –inevitables- restauraciones en linóleo que hace juego. Mobiliario de plástico y madera simulada, con la combinación de moda (en los 50): amarillo y café. Cartulinas aquí y allá indican precios, platillos especiales y pasteles sorpresa. Las señoritas atienden desde entallados trajecitos de terlenka salmón, estupendamente conservados por 27 años. 
El aire es una mezcla de merengue y fritanga. Buena señal porque a eso se vino, a comer. Es imposible perderse la barra de alimentos, y uno tiende a visitarla antes de darse la vuelta por los otros 200 metros cuadrados de harinas dulces y lechosas, que tiene la pastelería. Por cierto, el arrepentimiento no llega jamás, como sí pasa en las deleznables cadenas de comida rápida cuando la comida en nada se parece a la foto, más que en su desmesurado precio. En la Madrid ni siquiera hay fotografías de lo que se procederá a degustar, pues la comida está ahí, delante de uno, en espera de que digamos deme ese. 
Queda claro que la mejor comida rápida no es la congelada que pasa por un proceso de freído antes de llegar a una cajita de cartulina, sino la que ha sido preparada con tiempo y sin obviar los pasos del sazón. Así, la barra de la Madrid tiene sabrosas milanesas sobre camas de lechuga y jitomate; tortitas de atún con caldillo, papitas y chícharos; cuartos y medios pollos asados y rostizados, con papas fritas para complementar. Todo, previamente cocinado. Además, los precios son bajos sin llegar nunca al límite de la desconfianza. Y, por supuesto, hay higiene. ¿Quién podría volver a confiar en una hamburguesa preparada en lo oscurito, cuando ya ha tenido ante sí una carne asada a la tampiqueña cubierta de plástico transparente? Yo no. 
Ya he hablado lo suficiente de las ventajas que encuentro en un lugar como éste, pero si el lector pasó el párrafo anterior pensando en el futbol y su poesía, he aquí una síntesis: rapidez, bajo precio, taco de ojo, mucho gusto y buen sabor. Una añeja joya en el centro histórico. 
Por último, no ocultaré que la primera vez que entré a la Madrid, viví una especie de escepticismo: No es común encontrarse con un lugar de estos. Por eso, recomiendo dejar la mochila de prejuicios encargada con alguien y darse oportunidad de gozar y conocer algo viejo. Se supone que en algún momento debí decir cómo se llega a la Pastelería Madrid, entre qué calle y qué calle, el metro que queda más cerca, si hay estacionamiento y de a cómo, etcétera. Pero no lo haré. Es mejor buscarla, como el tesoro que es.