miércoles, 20 de febrero de 2008

El mensajero del amor

Una de las tantas veces que me he subido a un microbús, esos camiones lecheros adaptados como transporte público de los que ya he hablado antes, conocí una cancioncita melosa, cursi, ridícula e insoportablemente pegajosa. Una oda al amor pueril y -por falso- pervertido. Era de noche. El chofer la puso en total tres veces.

Esto pasó hace tiempo. El sonsonete se me quedó y, a veces, me sorprendía a mi mismo evocando la voz argentina de viejo verde, que dice así: "O quizá simplemente le regale una rosa, din-don din-don, es el amor", etcétera. Volvía entonces el recuerdo de aquella noche y ese lechero transporte, sus asientos de vinipiel color negro y relleno acolchado, sus tubos forrados de plástico con chispazos de diamantina, su luz morada y roja sobre el tablero cubierto de terciopelo, su pequeño altar con la imagen del sagrado corazón dentro de un marco de neón: una casa de citas ambulante en la calenturienta cabeza del chofer; y su tema musical, que era: "Din-don din-don", suban muchachas, aquí viaja el mensajero del amor.

Hace poco, unas semanas apenas, vino G.B. a mi casa, noche, gente reunida, barullo, tragos y botanas. Préstame tu computadora, tómala ahí está, dos tres teclazos, youtube, clic clic, y hela ahí, Din-don din-don, inmortalizada en la red, la chiclosa oda al amor.

Diferencia uno: ahora sé que el autor de esas palabras sabor piloncillo es un tal Leonardo Favio, ídolo (¿?) de la canción setentera y ñoña, en español. 

Diferencia dos: antes no me hubiera reído tanto, ahora casi me ahogo con mis propias carcajadas. Será que se me está endulzando lo amargado.

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