Por ejemplo, ahora mismo podría hablar del disco que estoy escuchando, Blonde Redhead, "23". Me lo pasó mi amigo N. Es un buen disco. Voz de mujer aguda y melodiosa, guitarroso, melancólico, profundo. Me hace pensar en un día nublado, pasto verde, está por llover, no hay nadie alrededor, no hay a donde ir, me quedo mirando la lluvia (que ya comenzó) y la leve capa de niebla que las gotas forman al estrellarse sobre el pasto.
También, podría hablar del libro que he estado leyendo estos días, La Poética de Aristóteles. Sé que alguna vez me dejaron leerlo y no puse atención, no lo entendí o lo olvidé por completo, pues está resultando una verdadera revelación. Mi objetivo es estudiar el libro a conciencia, como parte de mis estudios sobre guionismo. Así que estoy desmenuzándolo página por página, haciendo anotaciones, anotando las partes clave, etcétera. Es un libro corto pero sustancioso y creo que volveré a él una y otra vez.
Lo mismo podría dar un salto temático y hablar de las plantas que tengo en casa. Una de ellas es un epazote y le acabo de comprar una maceta. Me tardé en hacerlo. Hace unas pocas semanas, cuando todavía vivía en una bolsa de plástico, noté que sus hojas comenzaron llenarse de agujeros. Supuse que le había caído alguna plaga, así que le eché agua directo de la llave, lo sequé y prometí comprarle una maceta digna, porque seguramente mi negligencia había contribuido a su malestar. Al otro día lo vi bastante normal. El cebollín, que compré el mismo día y en la misma tienda, ya tenía maceta y rebosaba lozanía. No pude evitar la comparación, me sentí mal por el epazote y reflexioné sobre lo injusto de la situación. Más tarde, tuve que salir. Cuando volví por la noche, noté que sobre una de sus hohas, descansaba un gusano de cuatro centímetros de largo, más o menos, y bastante gordo. Estaba comiéndoselo lentamente, al amparo de la oscuridad. Sin pensarlo mucho, abrí la ventana, coloqué la planta frente a mí, y le di al gusano un buen golpe de uña sobre el lomo. Lo vi volar unos cuantos metros hacia la oscuridad. El dedo me quedó lleno de un líquido transparente y un poco amarillo. Epazote ahora está bien, ya tiene casa y lo riego cada que paso por su lugar y siento que le hace falta.
Y luego, otro salto temático podría llevarme a hablar de la viejita que pide limosna en el metro cerca de mi casa. No sé cómo calificarla. Creo que es detestable, pero también me da lástima y me hace sentir mal pensar así de una anciana que pide limosna para vivir. No conozco su vida. Tal vez algún día se me antoje imaginarla. Por lo pronto, sólo me he limitado a verla y a caminar más aprisa cuando se acerca cojeando a pedir un peso por el amor de dios. Con el tiempo, se ha ido poniendo más y más amarilla, y he notado que cada vez hay que apretar menos el paso para evitarla. Hace poco pasé y la vi sentada, no de pié, como era costumbre. Un vendedor ambulante colocó sobre el piso su caja de dulces y se puso en cuclillas para verla a la cara. Llevó una mano a su barbilla y le levantó la cabeza para ver sus ojos grises y secos. Yo, incluso, me quedé mirándolos un momento, con mis emociones golpeando a mis juicios en las partes blandas. Cómo ha estado, madre, decía el ambulante, y la vieja, con una voz débil, más débil de la que pedía un peso por el amor de dios, le contestaba que mal, mal, cada vez peor. Estoy enferma de, y reanudé el paso, no quise quedarme a sufrir una fractura sentimental. Aunque adivino que su frase concluyó en voy a morir o sólo estoy esperando que dios me llame a su lado o algo así. El asunto es que yo he vuelto al metro. Ella no.
Por último, podría hablar de mi nuevo trabajo o de los planes que tengo para un futuro no muy lejano. Pero ahora tengo que irme, así que hasta aquí lo dejo por hoy.